Cuando tenía 19 años, Carlos me regaló un retoño de un árbol de los que aquí llamamos "del trueno",todavía no se porque lo llaman así.
Ese día,saliendo de clases, me pidió que lo acompañara a su casa, cuando llegamos me pidió que lo esperara en el coche. De repente apareció con una bolsa de color negro con el retoño en su interior, lo cargaba como quien carga un recién nacido, creo que fué en esa ocasión en la que me di cuenta que tenía los ojos de color miel clarisimos.
El lo había sembrado con sus propias manos y esperó el tiempo indicado para poder regalármelo.
Ese árbol siempre ha representado para mí, el gran amor que aún siento por él.
Lo sembré en el patio de atrás y ahi lo vi crecer ; cada mañana y cada noche lo veía atraves de mi ventana. Se desarrolló de tal manera que hubo un momento en que tuve que verme en la necesidad de cortarlo casi desde la base del tronco, y es que estos árboles hechan raíces tan gruesas que rompen el concreto, pero el no se dió por vencido y volvió a retoñar,solo que en esta ocasión decidí sembrar a su lado mas retoños salidos de el mismo, estos al crecer han formado una pared de un verde espectacular.
Al igual que Carlos, el árbol sigue ahi, ahora nos vemos menos que antes, por la prisa cotidiana a veces parece invisible y de repente ,como hoy ,vuelve a aparecer, con sus ramas toca a mi ventana, como recordándome que si quiero olvidarlo definitivamente lo tengo que arrancar de raiz.